Seductio

Mucho se ha dicho de la seducción. Desde el mito de Don Juan hasta las aproximaciones conceptuales del filósofo francés posmoderno Jean Baudrillard, todas las definiciones, todas las explicaciones han venido en ayuda del curioso de la seducción. Y, sin embargo, seguimos sin saber muy bien qué es la seducción, qué es un seductor (¿no es un machista lleno de cadenas de oro y con la camisa medio desabrochada?) y, lo que es más grave, si estamos viviendo una bonita historia de amor o, al contrario, estamos cayendo en las redes de un pérfido seductor. En el fondo, esa mala imagen del seductor es pura envidia. A todos nos encantaría ser seductores, sentirnos irresistibles, tener ese encanto que sólo los grandes magos de la seducción poseen. Pero no sabemos cómo, ni siquiera sabemos si eso es bueno o malo.

Y lo peor es que los diccionarios, en este caso, no ayudan nada, o muy poco. Hasta su origen latino parece fruto de un mestizaje semántico. Encontramos el término subduco: “Hacer subir, arrastrar hacia arriba, retirar, sustraer, llevarse secretamente, desaparecer, hacer desaparecer.” Una parte de seducir quiere decir ya movimiento, movimiento ascendente, ascensional, divino; pero también secreto, secuestro, furtividad. Y también seduco: “llevar aparte, apartar, llamar a uno para hablarle confidencialmente” y seductio: “acción de llevar aparte, separación, éxtasis”. Parálisis extática, divina; pero también apartar, alejar, desviar del camino recto. Seducir es para la Real Academia “embargar o cautivar el ánimo”; como sinónimos de seductor tenemos: “cautivador, cautivante, engañador, sugestionador, engatusador, hechicero”. Activo y pasivo (habíamos visto movimiento y parálisis), seduce como sujeto de deseo, cautivador, o seduce como objeto de deseo, cautivante; contrario a la libertad, mentiroso pero mágico.

Entre lo divino y lo diabólico, ¿dónde está la seducción?

Más fácil resulta el acercamiento a la seducción si volvemos la mirada al siglo de “los libertinos y las locas marquesas”. En medio de un ambiente, como hemos visto, de gusto por los placeres, por el “amor” (del amor-amistad al amor-pasión, pasando por el amor-gusto, por el Amor, por los amores alados…), el comportamiento de la nobleza, sobre todo de la nobleza cortesana, traduce una microsociedad en la que lo superficial se ha hecho profundo y la máscara realidad. Lógico en el seno de una clase que ya no tiene un papel social que cumplir y cuyas acciones no pueden sino ser simulacros de acciones en espacios de simulacro (los salones, el arte, la literatura). Las acciones superficiales y sin ningún valor social se llevan a cabo, en el caso de los libertinos, de manera consciente y acumulativa en exceso, en una actitud que podría calificarse de suicida, de autoaniquilación social. Por eso no podemos hablar de amor en el sentido que hoy le damos, aún menos de sexo, asociado a la productividad, sino de seducción, potencia (por oposición a poder) reversible y mortal (el poder se pretende irreversible e inmortal como el valor), y que no es del orden de lo real.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *